LEYENDAS

Retrato de José Beltrán
Leyenda del Caballero del águila blanca (Daroca)

Se trata de una leyenda recogida por el padre José Beltrán, escolapio, gran literato y poeta, en el libro “TRADUCIONES Y LEYENDAS”, que fué publicado en 1929. Mezcla las tradiciones ligadas al recinto amurallado de Daroca con el episodio bélico de la destrucción del castillo de Báguena y la figura legendaria de Miguel de Bernabé. La leyenda es la siguiente:

Próximo a la Puerta Baja de Daroca, en la parte que mira a Manchones, yérguese un ruinoso muro cilíndrico, conocido con el poético nombre de “El caballero del águila blanca”.

Venid, trovadores que con la lira a la espada cruzáis errantes los castillos de la vieja España en busca de glorias; vosotros que cantáis amores a las bellas y recordáis a los señores feudales las heroicas hazañas de valientes guerreros, venid, cubierta la cabeza con el simbólico birrete, sentaos sobre los altos riscos del castillo darocense, e inflamados del divino espíritu de la poesía, desgranad al son de vuestro instrumento las perlas engarzadas con el hilo de oro de la peregrina leyenda de “El caballero del águila blanca”.

Era el día 1º de septiembre de 1363. Sonidos de trompas y clarines pregonan a sangre y fuego la guerra asoladora. Dos inmensas nubes de guerreros se vislumbran en la lejanía; una viene de oriente y otra avanza por el ocaso; dos reyes enemigos las impelen con el viento de furor que agita su corazón altivo y rencoroso. El uno es alto, robusto y feroz, como un tigre de la selva; flaco y pequeño el otro, pero astuto y audaz, como un chacal del desierto; ambos son instintos de dominación, de iracundia y de soberbia, son perseguidores de su propia familia; el primero se llama D. Pedro el Cruel de Castilla, el segundo D. Pedro el del Puñal de Aragón.

Ya las huestes castellanas recorren las fronteras, asaltando castillos, talando campiñas e incendiando villas y lugares. Celébranse Cortes en Daroca para proveer todo lo necesario para la guerra; se derriban los edificios y los árboles que están fuera de las murallas; se abren fosos y se construyen trampas y celadas en los barrancos que dan acceso a los muros; hombres, mujeres y niños, todos despliegan una actividad febril; hasta los castillos vecinos de Villarroya, Anento, Langa, Visiedo, Báguena y Cella se reparan con incríble rapidez; se despueblan las aldeas y lugares indefensos, refugiándose sus vecinos dentro de las fortalezas. Es nombrado alcaide del castillo de Daroca el fiel y heroico D. Pedro Gilbert Brun, y jefes de los regimientos los caballeros D. Pedro Martinez de la Torre, D. Gil Garlón, don Sancho Mangés, D. Juan López de Atienza y D. Juan Jiménez de Algarada, vecinos todos de la villa y encargados de la defensa (de los principales torreones).

Mas ¿quién es ese caballero que lleva siempre oculto el rostro con la visera, ostenta sobre el casco, en vez de penacho, un águila blanca, ha plantado su pendón sobre el cilíndrico muro y ha jurado defenderlo con un puñado de bravos que le siguen, a costa de su sangre y de su vida? ¿Quién es? ¿De dónde ha venido? ¿Cómo se llama? Solo el alcaide D. Pedro Gilbert conoce el Secreto del incógnito guerrero.

Ya el ejército de D. Pedro el Cruel avanza, adueñándose de Maluenda, Tarazona, Borja y Magallón; ya Calatayud, la antigua Bílbilis, dobla su heroica cerviz bajo el yugo del vencedor, que encendido en cólera por las frecuentes salidas de los daroncenses y por los grandes daños que a sus tropas han causado, resuelve tomar por asalto la villa y sus fortalezas y jura vengarse cruelmente de sus habitantes; ya llega con sus 10.000 jinetes, sus 30.000 infantes, 16 piezas de artillería otras máquinas destructoras; ya asienta sus reales y se dispone para combatir despiadadamente la fuerte e inexpugnable fortaleza.

La ciudad de Daroca espera con el arma al brazo. Comienzan las máquinas su obra de destrucción, al sonido de trompas y atabales dase principio al asalto, que luego se hace general, impetuoso, desesperante, horrible. Por todas partes encuentran los enemigos pechos de bronce, mas fuertes que los muros que las máquinas derriban. Al día sigue la noche y los asaltos se suceden sin interrupción, mezclándose en espantosa armonía el estruendo de las humeantes máquinas, los choques de las armas, el relincho de los caballos, los gritos de los jefes y los ayes de los moribundos. Cansados de la lucha, los combatientes se dedican a enterrar los cadáveres. Durante este descanso, el rey D. Pedro el Cruel, lee en presencia de los caballeros el siguiente cartel de desafío, que uno de los sitiados acaba de arrojar desde las murallas: «¡Oh, rey de Castilla! Decid al vuestro caballero de la pluma verde y que lleva por divisa una letra que diz "Por encima de Aragón", que non es de caballeros de pro facer denuesto a los almogávares de la torre redonda; que si tan viles le parescemos, yo le reto a singular combate, lidiando él con su caballo y las armas que quiera, y yo sin trotón y con mis propios dardos. Si no acepta la lid, sea tenido por felón y cobarde. El Almogávar». El mismo día por la tarde, un heraldo del rey pregona la liza a son de timbal.
En una explanada de la vega del Jiloca, donde se alzan las tiendas enemigas, se presenta el guerrero de la pluma verde, cubierto de hierro y montado en un brioso corcel, más negro que la noche. No tarda en llegar el almogávar, de atlética figura; rodea su cabeza una red de hierro; viste traje de pieles, un antifaz cubre su rostro y lleva por armas un chuzo, una espada ancha y corta y cuatro dardos arrojadizos. Todo el ejército los circunda, formando un vasto anfiteatro; las murallas y torres almenadas se ven cubiertas de espectadores; la emoción embarga todos los pechos. A una señal dada principia el singular combate. Lánzase furioso el jinete, enristrando la lanza, contra su adversario. Este se ladea, hurtando el cuerpo al golpe, y aquél pasa veloz como un torbellino. Relincha y caracolea el fiero animal, torna de nuevo al combate, y antes de acometer, el almogávar arroja un dardo, con tanta fuerza y ojo certero, que entrando la aguda flecha por la barba del jinete, le atraviesa el cráneo hasta levantar el casco.
Cae desplomado en tierra; un grito de rabia suena en todo el campamento. El rey, montado en cólera, manda detener al almogávar, pero éste, tomando la lanza del vencido y cabalgando de un salto en el negro corcel, rompe el cerco que le rodea y huye, más ligero que el viento, y antes que los enemigos le alcancen, los suyos le abren las puertas de la plaza, que se cierran tras él, y es recibido en triunfo por todos los darocenses. El almogávar era el caballero del águila blanca.
Antes de que la noche tienda su manto de sombras, el enemigo renueva los asaltos con más furia que nunca y se prolongan hasta el día siguiente. Los sitiados se defienden como leones; los episodios y actos heroicos que realizan, dignos de esculpirse en mármoles y bronces, son innumerables. Una de las máquinas ha logrado acercarse tanto a la muralla que amenaza abrir una ancha y peligrosa brecha en el lienzo mural. Viendo el peligro el caballero del águila blanca, manda que lo descuelguen desde la almena de la torre, y llevando en la diestra la espada y en la izquierda un caldero de materias inflamables, con sobrehumano valor consigue incendiar la destructora máquina, y con la misma cuerda es ascendido por los suyos a la torre, salvando así su vida.
Por fin, los sitiados determinan con parte de las tropas hacer una salida por las puertas menos atacadas, logran ganar las alturas que miran a la vega y acometen al enemigo con tal bravura y empuje que todo el paseo y camino de Manchones dejan sembrados de cadáveres enemigos.
Viendo el rey de Castilla la imposibilidad de tomar esta plaza fortísima y los daños considerables que recibía, se ve obligado a levantar el cerco, y enfurecido, como una fiera, marcha ribera arriba hasta llegar al castillo de Báguena. El caballero del águila blanca, que había tomado parte en la salida, al verse atacado y perseguido por un escuadrón de caballería numeroso, huye a encerrarse en el citado castillo de Báguena. Es combatido este fuerte por el rey con todas fuerzas; resiste heroicamente el alcaide con todos los suyos. Asombrado el rey ante tan grande heroísmo, dice al alcaide: «Veo que sois un héroe; inútil os será toda resistencia; rendíos y entregad las llaves y os colmaré de honores y riquezas; de lo contrarío mandaré pegar fuego al castillo». Y el alcaide le responde: «Señor, antes prefiero morir que ser traidor». Las llamas destruyeron el castillo, muriendo dentro el alcaide con todos los suyos.
El alcaide, vecino de Báguena y llamado Miguel de Bernabé, era el caballero del águila blanca. En memoria de esta hazaña, el rey de Aragón concedió a sus descendientes el escudo de armas, que es un castillo, coronado por una cabeza de guerrero, asomando por una de las troneras un brazo con un puñal y las llaves del castillo.

Daroca alcanzó en esta jornada el hermoso título de Ciudad y Porta Férrea de todo el reino.